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La Fila

Una charla de muestra en la universidad, una fila estricta en el colegio y el día en que la sospecha de un preceptor se topó con su límite.

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El extracto

agosto de 2026 · 1.064 palabras · 5 min de lectura

Capítulo 1: El descubrimiento

El aula no tiene el peso de las otras. En este edificio nuevo de fines de los sesenta, con sus amplios pasillos de baldosas claras y el eco constante de los pasos, los pupitres de madera gastada parecen menos una obligación que una sugerencia de la que algunos prescinden. Unos cuantos están sentados directamente en el suelo, con las rodillas contra el pecho; otros, simplemente apoyados contra la pared del fondo, dejando que la mañana avance a otro ritmo.

No hay carpetas abiertas sobre los bancos sino cuadernos listos para copiar al dictado. Esta es una de esas charlas de muestra organizadas para tantear el terreno de la universidad, una ventana que el colegio nos abre para ayudarnos a elegir qué carrera seguir. Tampoco habrá nota, ni examen, ni un boletín al final que traduzca este rato en números.

El profesor camina entre los bancos sin atril, sin apuntes, hablando con el tono distendido de alguien que conversa en una sobremesa. Se detiene aquí y allá, escucha alguna respuesta, retoma el hilo. No parece tener apuro por llegar a ninguna parte.

—La vida no busca la perfección —dice, detenido junto a uno de los grandes ventanales que dan a la calle, por donde se cuela el aire frío de un lunes de junio—. Busca la persistencia. Lo que sobrevive no es lo más fuerte. Es lo que mejor se adapta al desorden.

Al fondo, alguien murmura algo impreciso sobre las adaptaciones celulares.

El profesor sonríe. Abre los brazos en un gesto amplio y deja la pregunta flotando en el aire.

Y entonces, sin pensarlo dos veces, levanto la mano.

El profesor se gira con lentitud. Me busca con la mirada y asiente.

Hago la pregunta.

No es una duda técnica sacada del manual ni una respuesta previsible para agradar. Al escucharla, el profesor se detiene en seco. Algo le brilla en los ojos. Por un instante parece sorprendido.

En lugar de cerrar el tema con una definición magistral, abre el juego para que los demás opinen.

Alguien más toma la palabra. Después otro.

El aula empieza a llenarse de un murmullo diferente.

Los que estaban más rígidos se aflojan; algunos se incorporan, otros se giran hacia quien está hablando. Ya no parece necesario esperar a que el profesor indique quién puede intervenir. Las voces empiezan a cruzarse y él las recoge, las devuelve, las vuelve a poner en circulación.

A mi alrededor, el curso va mutando de a poco.

Nadie parece haber notado nada épico. Nadie anota nada en una planilla. Pero algo en la dinámica del grupo se ha desplazado.

Yo también lo noto.

Hasta entonces había aprendido a moverme dentro de las reglas del aula: escuchar, estudiar, responder cuando correspondía, acertar cuando podía. Ahora estoy ahí, hablando porque quiero saber algo y porque alguien al frente parece dispuesto a escuchar la pregunta en lugar de calificarla.

El profesor sigue hablando, marcando el paso con un compás invisible. Otro compañero acota algo desde el fondo. El aire se mueve suavemente entre los ventanales.

Y en algún momento, sin que yo me dé cuenta del instante exacto, dejo de prestar atención a las palabras y me quedo solamente con el silencio tibio que quedó después de haber hablado.

Capítulo 2: La clasificación

Los pupitres alineados. Los uniformes de saco y corbata impecables. Las carpetas azules. El silencio obligatorio de las últimas horas de clase.

Avanzamos hacia la salida en filas y columnas, separados por una distancia que parece medida con regla. Nadie habla. Nadie se sale de la escuadra invisible que vigilan las celadoras apostadas a los costados de los pasillos.

Camino en medio de la fila y, en mis labios, sin darme cuenta, esa sonrisa leve que aparece siempre que estoy pensando en otra cosa. No sé por qué sonrío; no estoy contento ni trato de provocar a nadie. Simplemente estoy ahí, con la cabeza en otra parte.

Un olor a tabaco quemado llega antes que él. Nadie necesita levantar la vista para saber quién se acerca. El humo de la pipa se filtra entre las filas como un anuncio silencioso, y los que van más adelante en la columna empiezan a enderezar la espalda por puro reflejo, antes de que nadie les diga nada.

Una figura se detiene justo frente a mí. La fila entera se frena en seco.

Es Rodolfo.

Su mirada baja desde mis ojos hasta mi boca. Se queda ahí un instante, examinando esa mueca distraída.

—Vos —dice—. Salí de la fila.

Los compañeros mantienen la vista al frente, clavada en la nuca del de adelante. Alguno, apenas, se atreve a mirar de reojo.

Doy un paso al costado, rompiendo la geometría estricta del grupo.

Todavía no sé qué hice.

Rodolfo no se mueve. Me mira como si estuviera leyendo algo escrito en un idioma que solo él entiende.

—Nombre.

Se lo digo.

—División.

También.

—Año.

Primero.

Hace un pequeño movimiento con la cabeza, como si estuviera anotando los datos en algún lugar invisible. Después empieza a caminar despacio a mi alrededor, un paso, otro paso, midiendo la distancia con las manos cruzadas atrás.

—Vos sos de los que se ríen en la fila.

No es una pregunta. Yo no digo nada porque no sé si vale la pena corregirlo. No me estaba riendo. Pero entiendo que a él no le importa el matiz, sino el gesto.

—Seguro que sos de los que no estudian nunca.

Sigo callado, con los brazos a los costados.

—Seguro que sos un desastre como alumno.

Se detiene frente a mí, inclina un poco la cabeza.

—¿Cuántas te llevás?

—Ninguna —digo.

—¿Qué notas tenés?

—Estoy en el cuadro de honor.

Algo en su cara se corre un centímetro. No se ablanda. Por un instante, simplemente, parece no saber qué hacer con esa respuesta.

—Ah. Bueno —dice, con la misma sequedad con la que empezó—. Andá.

Y ya está.

No hay disculpa. No hay explicación. La sospecha desaparece con la misma rapidez con la que apareció.

Para cuando salgo, el patio de baldosas claras ya está vacío. Los demás se fueron hace rato, mientras Rodolfo seguía dando vueltas a mi alrededor con sus certezas erradas. Cruzo solo el salón principal, con los pasos resonando con un eco distinto, libre del compás obligatorio de la formación.

Nadie me espera afuera.

Nadie me va a preguntar qué pasó.

En casa, tampoco.

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La Fila es una obra en curso de narrativa de no ficción. La historia completa todavía se está escribiendo.

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La tecnología es el escenario. La humanidad es el tema.